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¿Es Economía Verde todo lo que nos cuentan?

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Economía Verde

Llevamos tiempo escuchando y leyendo cómo expertos, tanto económicos como políticos y ambientales, hablan de que la economía verde puede salvar nuestro país. A pesar de ello, en estos momentos las ayudas a las energías renovables se han “congelado” y algunos stakeholders (grupo de presión o lobby) impulsan reformas energéticas que podrían no encajar al 100% dentro de una economía verde.

Pero, ¿qué es eso de la economía verde?

¿poner cañas debajo de un pino? ¿construir casas con bloques de paja? ¿comer las lechugas que medianamente consigo hacer crecer en mi balcón? Ah, y lo más importante,  ¿mi álbum de Instagram con la tomatera cherry que compré en el Mercadona, es economía verde?

Pues… la respuesta es que, hasta cierto punto. Dicen las malas lenguas que todo es política. Pues las malas lenguas deberían decir también que todo es economía. Bueno, quizá no podemos generalizar tanto. Vamos a dejarlo en que, todo aquello que podamos valorar, lo podamos meter en un mercado y transaccionar con el, es economía. De ahí entenderéis porque digo que lo que hay arriba escrito pueda entenderse como economía verde. Otra cosa es que alguien quiera pagar por tener las fotos de tu tomates. Pero si lo consigues, chapeau. Aunque lamente decirte ya, que no eres el primero el conseguirlo.

¿Y lo de verde? Pues eso. Si la actividad por la que obtengo un beneficio tiene algo de relación con el medioambiente, ya tiene el honor de ser calificada como tal. Para haceros una idea de lo que la opinión pública entiende como economía verde, os hablaría de agroturismo, producción ecológica, turismo de ver estrellas, de ver animales en parques naturales, construcción eficiente (así la llaman ahora, cuando no hay más narices que reducir costes por todos lados para poder llevar adelante alguna obra), turismo patrimonial (¿por qué será que en este país, el turismo está en todos lados?), tratamientos de basura y reciclaje, y un largo etcétera.

Pero no, no escribimos este artículo con aire melodramático para hablaros de chiringos de playa que sirven copas en vasos hechos de plástico reciclado con un diseño reshulón. No. Os escribimos este artículo así para que lo que viene a continuación no os duela tanto. Hay una parte de la economía verde que no está tan a la vista de todos, y, sobre todo, que los medios de comunicación no muestran muy a menudo. Nosotros nos preguntamos por qué.

Os estamos hablando de la otra economía verde, la de los instrumentos financieros verdes (que como ya hemos ido aprendiendo después de tantos años de crisis, deben de ser los que de verdad dan dinero, y, como siempre, sólo a algunos). Dentro de esta economía verde, se incluyen los mercados de CO2, los bancos de hábitat, las diferentes certificaciones que existen, subvenciones (pagos directos) y algunas más. Quizá algunos de vosotros hayáis oído hablar de algunas, de todas, o quizá de ninguna. Pero si, estas cosas también son economía verde.

La intención de este post pasa por explicar un poco los diferentes tipos de “instrumentos de mercado” relacionados con lo verde que existen a día de hoy, y, si os gusta, iremos ampliándolos más adelante!

De los mas fáciles de aplicación y comprensión, a los más difíciles, el primero sería los Pagos Directos.  Dentro de este grupo encontramos acciones o instrumentos como son las tasas (por ejemplo, algunas existentes en algunos países destinadas a preservar y mantener la biodiversidad), los impuestos o subvenciones (como las que se incluyen en la PAC).  Estos instrumentos son utilizados por los países para obtener ingresos por actividades que pueden dañar sus recursos ambientales y revertirlos posteriormente en ellos, para mejorarlos (como podría ser en el caso de tasas e impuestos), o pueden utilizados para fomentar el mantenimiento de estos espacios naturales, como serian las subvenciones para mantener pastos o grandes extensiones agrícolas activas pero con poca rentabilidad.

Dentro del gran grupo de las Certificaciones se incluye todo el mercado que se crea entre las empresas certificadoras, los productores certificados, y los clientes. Las empresas certificadores reciben sustanciosos honorarios por emitir certificados que garantizan que los bienes, o los procesos con lo que se fabrican estos bienes, cumplen con los requisitos que se ha acordado que deben cumplir (requisitos generalmente marcados por administraciones públicas). Los productores certificados ingresan más por las ventas de su producto porque los clientes están dispuestos a pagar más por ellos. Bien porque exigen esos requisitos. Bien por una cuestión de exclusividad.

Y por último, un gran grupo denominado Permisos Negociables. En este grupo se incluyen todos aquellos bienes, activos o “cosas ambientales” que, por su carácter de escasez o rareza, se pueden valorar. De esta forma, como ya sabemos, si se puede valorar, se puede comprar y vender. Y de ahí, tener un mercado. Dentro de este grupo encontramos los mercados de emisiones (entre los que está el CO2), los bancos de hábitat, y otros. Señalamos estos dos por ser los más comunes. Pero esto de un banco de C02.. ¿es realmente lo que suena? Si, exactamente. Es un mercado donde se pueden comprar y vender derechos de emisiones de CO2. Cada país tiene un cupo de emisiones anuales de toneladas de CO2. Si emite menos, puede comercializar con ellas. De ahí que se genere un mercado, donde puede entrar cualquiera. En cambio, si un país es deficitario, puede acudir al mercado, comprar más derechos, y así, sus fábricas seguir contaminando tan alegremente. Ya no parece tan bonito, verdad? Obviamente es una versión simplista. Pero, escuchad, es que el problema es que funciona así. Esto ha derivado en toda una serie de instrumentos que permite a las industrias contaminantes asegurarse sus emisiones, aunque la idea es que, al existir cupos cerrados, al final resulte más eficiente la transición hacia un sistema más respetuoso hacia el medio ambiente que comprar bonos para emitir CO2. Pero no está siendo tan rápido como debería.

Pero no todo está hecho para la pillería (o eso queremos pensar). Hay una serie de activos que se han ido desarrollando que permiten “compensar” a base de certificados en planes de desarrollo limpio. De una forma sencilla, sería algo así como, yo contamino aquí, pero lo compenso porque invierto para que algunos ecosistemas se mantengan y mejoren, y lo demuestro con estos certificados que adquiero. De esta forma se llega a los Bancos de Hábitats, donde se pueden adquirir activos para el desarrollo de acciones de conservación de la biodiversidad. El funcionamiento para que una zona natural pase a ser cotizable no es tan complicado: se desarrolla un proyecto de mejora, de creación, restauración, etc para esta zona. El llevarlo a cabo implicaría unas serie de mejoras ambientales (que se pueden valorar). Son estas mejoras las que se convierten en créditos o certificados  ambientales y que, por tanto, pueden ya ser comercializadas como tal. De esta forma, cualquier agente puede compensar daños ambientales al estar invirtiendo en la compra de estos certificados.

¿Qué os parece? Si queréis saber más de esto, seguid atentos al blog. Os iremos mostrando más y más de esta nueva “economía verde”.

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